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lunes, 21 de febrero de 2011

Cómo se dobla el PSOE ante Mohamed VI

Estas fotos son muy buenas.

En la primera se ve cómo Rubalcaba saluda al Papa en su último viaje a España. Se le ve estirado.

En la siguiente foto, saludando al rey Mohamed VI de Marruecos. Por su forma de reir se ve que hay sintonía personal y se agacha de manera bastante servil:



Otra foto divertida, relacionada con este tema: Zapatero saludando al Papa. Este último dirige una mirada amable a Zapatero, que no se la devuelve porque lo que realmente le interesa es "la foto". Para los católicos, que parezca que hay entendimiento con el Papa. Para los de su cuerda, o sea, los que simpatizan con el PSOE, que se note que el apretón de manos es puramente circunstancial:


Otra imagen divertida (si no fuera trágica) en la que se ve a un Zapatero aspirante a La Moncloa que había ido a Marruecos a pedir la bendición de Mohamed y se tiene que tragar el sapo de hacerse una foto con un mapa de los territorios que reivindica Marruecos como "históricamente" suyos y a los que aspira (supongo que en virtud de Al Andalus). ¿Qué fue a pedir Zapatero a Mohamed VI? Quizá de aquella visita vengan ahora esas poses tan sumisas de Rubalcaba...


Esta foto también ha sido borrada meticulosamente del currículum del PSOE, pero internet es un monstruo que tiene buena memoria.

(Comentario mío del 20/10/2011: hay un análisis interesante sobre las relaciones PSOE-Marruecos en el siguiente enlace:

http://joseluisvalladares.blogspot.com/2010/12/subyugados-por-mohamed-vi.html).

viernes, 11 de febrero de 2011

domingo, 13 de diciembre de 2009

Los intelectuales y el poder

Me pareció interesante leer en su día (este verano) el artículo del filósofo iraní Ramin Jahanbegloo. Lo tenía recortado para publicarlo y comentarlo algún día. Ese día ha llegado a este blog. Lo copio y pego a continuación, haciendo notar que lo marcado en negrita lo he destacado yo, por parecerme lo más significativo. Desde luego, el último párrafo es quizá la conclusión y, por tanto, lo más importante del artículo, a mi parecer.

Me llama la atención el hecho de la pérdida de valores absolutos (yo mismo he abandonado la fe en Dios aunque la mayoría de los valores cristianos que recibí en la Iglesia me siguen pareciendo muy válidos) está haciendo que los intelectuales se retiren de la crítica política. Por eso, el autor apela al heroísmo. Porque hay que ser un héroe para enfrentarse al poder cuando el poder se presenta como el de los nazis, el comunismo, la teocracia de Irán, o el de otras dictaduras que en el mundo son o han sido. Es decir, cuando la integridad física de uno mismo y de su familia está en peligro.

Criticar, cuando se está en democracia, como hago yo, es bastante fácil. Lo difícil es lo otro. Hay que tener un infinito amor a la Humanidad para ser un héroe en esas situaciones tan difíciles, si no te mueve un sentimiento religioso. Y, sinceramente, cada vez creo menos en los héroes "laicos". Me refiero a los héroes relativistas, a los que no creen en valores absolutos. Creo, cada vez más, en los héroes que basan su actuación en sus convicciones religiosas y no temen perder la vida porque esperan otra mejor. ¿Santos? Tal vez. Me estoy acordando de Sophie Scholl y de otros que he mencionado en el pasado en este blog. Ellos lucharon pacíficamente contra la opresión desde sus convicciones religiosas. A ella y a otros muchos les costó la vida. Pero nos han dejado su ejemplo. Ellos me inspiran y me animan a ser cada día mejor, más honesto conmigo mismo para serlo también con los demás. ¿Héroe? No creo que les llegase nunca ni a la altura de las suelas.

Y, por último, me pregunto que dónde está la crítica de los intelectuales a las leyes proabortistas que inundan Occidente. Creo sinceramente que una reflexión profunda sobre el tema -no basada en la religión- tiene que llevar a cualquier intelectual a aborrecer la legalización del aborto. Como dice Ramin Jahanbegloo, «...para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano.» Temo que, una vez más, el temor a ser acusados de "religiosos" si critican el abortismo ha hecho enmudecer a muchos filósofos e intelectuales que en su fuero interno lo cuestionan. De nuevo, lo "políticamente correcto" está creando silencios cómplices y está aniquilando millones de vidas humanas.

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EL PAÍS, 29.08.2009

El temor de los intelectuales a la política

Una "epidemia de conformismo" ha paralizado en los primeros años del siglo XXI la vida pública, donde lo único que importa es el poder del mercado. Los mezquinos intereses personales sustituyen a las voces críticas

RAMIN JAHANBEGLOO 29/08/2009

Las dos culturas, el conocido ensayo del científico y novelista británico C. P. Snow, salió a la luz en 1959. Snow defendía ahí la tesis de que el colapso de la comunicación entre las dos culturas de la sociedad moderna -las ciencias y las humanidades- era un freno para la resolución de los problemas del mundo. Medio siglo después, el debate iniciado por Snow ha tomado una nueva forma. El siglo XXI representa, en términos generales, la separación de los intelectuales y la política. Pocas veces habían estado tan alejados los intelectuales y el mundo político.

Los intelectuales críticos son hoy una especie en vías de extinción. Temen la política, y se diría que la política muestra una indiferencia absoluta por todo lo que se pueda denominar intelectual. Hay otros muchos que consideran que nos encontramos ante un declive de lo intelectual. Según ellos, la intelectualidad se ha distanciado de la esfera pública para acercarse a un mundo cada vez más profesionalizado y más empresarial. En otras palabras, los intelectuales están perdiendo su autoridad pública para dirigirse al poder, al tiempo que cada vez son más incapaces de realizar sus funciones de una forma independiente y crítica. Nunca se habían mostrado tan profundamente opuestas la conciencia crítica y la esfera pública.

Parece que los intelectuales de hoy pensaran que puesto que todas las verdades morales son relativas, ya no hay necesidad de ser la voz moral de un mundo sin voz. El afán de ciertos intelectuales de aparentar que lo políticamente correcto y sensato es desestimar la importancia que tienen los imperativos morales en la esfera pública no es más que una forma de hacer coincidir las necesidades humanitarias urgentes del mundo en el que vivimos con las necesidades concretas de su carrera o su ascenso profesional. Asalariados, ocupando cátedras o titularidades permanentes, pensionistas, muchos intelectuales se encuentran encadenados a la rueda de una carrera y una profesión respetables que paradójicamente estanca su capacidad para la crítica en un contexto no conflictivo.

Para ser más precisos, los mezquinos intereses personales han destruido los llamados intereses públicos de los intelectuales. Al olvidarse de la política, rápidamente y sin dejar lugar para el arrepentimiento, muchos intelectuales del mundo actual degradaron y abandonaron la idea de la esfera pública, transformándose en defensores de la cultura de masas carentes de todo sentido crítico. Es en virtud de esta falta de sentido crítico con respecto a la vida pública por lo que los politólogos y los expertos culturales han venido a sustituirlos como actores sociológicos en el mundo contemporáneo. A los intelectuales ya no les interesa reflexionar y debatir sobre los valores, su único interés reside en el comentario de los hechos. Así, con la aparición de la aldea global postindustrial, dominada por las redes mediáticas y la comunicación tecnológica, en las que las voces disidentes suelen estar acalladas, una "epidemia de conformismo" ha paralizado al completo la vida pública, convirtiéndola en una entidad impulsada única y exclusivamente por el mercado.

Para investigar la evolución del compromiso de los intelectuales en la historia europea del siglo XX, tenemos que empezar con el affaire Dreyfus y la aparición de la categoría "intelectual". Pese a las diferentes posturas que cristalizaron durante el affaire Dreyfus, ambas partes estaban de acuerdo en que el intelectual tenía que comprometerse. Uno de los que participó a favor de Dreyfus fue Julian Benda, el filósofo judío conocido fundamentalmente como autor de La traición de los intelectuales, donde afirma que "la labor del intelectual es defender los valores universales, por encima de la política del momento". Para Benda, por consiguiente, el intelectual es un sujeto que opera dentro de un marco moral y se atiene a unos valores trascendentales, libre de las impurezas de la política. Probablemente Zola se merece este honor, no por sus novelas, sino porque llegó a ser un intelectual que atacó la injusticia, el prejuicio y la intolerancia en la esfera pública. De este modo restauró la función que Sócrates había reservado para el filósofo: defender la universalidad de la búsqueda de la verdad y luchar contra la violencia.

El método de Sócrates para dominar la violencia era el uso del diálogo frente a las convicciones políticas. Con su mayéutica -conócete a ti mismo- Sócrates invitaba a los atenienses a interrogarse. Y aunque sea un fin en sí mismo, aprender a interrogarse es también una condición y un punto de partida para cualquier intelectual que quiera obrar honestamente. La honestidad es abrirse a la pluralidad humana; es cobijar la idea, intrínseca al trabajo de un intelectual dialógico, de que cada persona contiene "multitudes", como dice Whitman en su Canto a mí mismo. Todo intelectual necesita de esta multiplicidad, no sólo para conectar con los otros, sino también para ensalzar y valorar, como un elemento constitutivo del mundo, las diferencias que existen entre las personas. La idea de diferencia presupone otro valor igualmente esencial a la condición de intelectual: el respeto.

Una de las tareas del intelectual es pensar en cómo reformar y mejorar la sociedad. Su empeño primordial debe centrarse en la educación cívica de los otros ciudadanos para la responsabilidad que entraña la auto-gobernanza democrática. ¿No perdería todo el significado que tiene para nosotros el valor supremo de la historia si admitiéramos que son muchos los intelectuales que consideran que lo que denominamos examen crítico de la esfera política es un ejercicio fútil? Si no se lee y se ejerce el espíritu crítico, la historia podría convertirse en una simple repetición de los errores humanos. Por el contrario, cuando se comprometen con la historia, los intelectuales no sólo necesitan una mente abierta, sino también crítica, capaz de entender que las verdades pueden ser parciales; una mente que se interrogue continuamente. Lo importante aquí es que la manera de protegerse contra toda tentación de colaboración con el mal es interrogarse y reflexionar con sentido crítico.

Con este planteamiento, la pregunta es: ¿cómo se puede hablar de preservar la ética en la esfera política y de no caer en el mal cuando han dejado de existir los absolutos morales? Poco después de terminada la guerra, en 1945 y en uno de los primeros ensayos que aparecieron al respecto, Hannah Arendt decía que "el problema del mal será el tema fundamental de la vida intelectual en la Europa de posguerra, de la misma manera que la muerte fue el tema de reflexión fundamental después de la Primera Guerra Mundial". Creo que Arendt estaba en lo cierto, sobre todo porque en el mundo de hoy el problema del mal y sus implicaciones políticas constituye un desafío importante para el estatus público y la integridad moral de los intelectuales.

Cierto es que todos somos moralmente responsables de las calamidades e injusticias del mundo en el que vivimos. Pero no es menos cierto que el papel social y político de los intelectuales conlleva una mayor responsabilidad moral. Como señala Max Weber, el compromiso intelectual requiere la ética del héroe, pues hace falta una gran valentía moral para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la esfera pública.

Muchos creen, por supuesto, que ser hoy un intelectual comprometido con la vida pública no es nada del otro mundo, ya que ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo, ningún desafío. Pero, dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor crítica real por parte de los intelectuales, en su función de contrapoderes, ser hoy un intelectual crítico significa también ejercer de conciencia moral del mundo globalizado. Por eso, para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano. Se trata de tener la valentía de alzar la voz en nombre de la no violencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido hoy la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras los humanos sigamos creyendo que la esperanza no es una palabra fútil, los intelectuales no dejarán de ser útiles en todas las sociedades.

Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto. Traducción de Pilar Vázquez

jueves, 30 de octubre de 2008

Rosa Díez escribe sobre los cineastas españoles

Siento pecar de copión, pero creo que hay cosas que merecen ser reproducidas o, por lo menos, conservadas para el recuerdo. Espero que algún día esta bitácora me sirva a mí, o a otras personas, para recordar hechos, palabras y pensamientos que tuvieron su importancia en su momento, aunque pasasen rápidamente como pasa el tiempo, o aunque muchas veces los grandes medios de comunicación de masas no les prestasen atención.

Por eso, copio y pego aquí un artículo de Eldigitalcastillalamancha.es que, a su vez, hace referencia al blog de Rosa Díez, presidenta del partido Unión Progreso y Democracia. Creo que Rosa Díez me lo perdonará.

Y es que este blog va contra la hipocresía. Y aquí hay una muy flagrante, como pone de manifiesto, con excelente tino, la diputada Rosa Díez.

http://www.eldigitalcastillalamancha.es/

http://www.rosadiez.es/

SE CALLAN ANTE ETA Contundente lección de Rosa Díaz a los Almodóvar, Bardem y demás

Eldigitalcastillalamancha.es

Rosa Díez da en el clavo. Los artistas españoles, tipo Almodóvar o Bardem, denuncian genéricamente las guerras, pero se callan ante ETA. Nunca dicen nada sobre la banda criminal.

30 de septiembre de 2008. Rosa Díez, ex parlamentaria del PSOE y actual líder y diputada de Unión Progreso y Democracia (UPyD) ha dejado claro en su blog personal el doble rasero y la hipocresía con la que los artistas de la izquierda, la llamada progresía, abordan los problemas de las guerras y el terrorismo, silenciando todo lo que tenga que ver con ETA y nunca enfrentándose abiertamente a esta banda criminal, que lleva casi medio siglo matando personas en España. Todo un mensaje para los Almódovar, los Bardem y compañía.

Desde su blog personal, la diputada de Unión, Progreso y Democracia escribe:

Un año más han sido desoídas las peticiones de que el Festival de Cine, en su sesión de clausura -o en otra, que lo mismo hubiera dado ya- hiciera una declaración oficial de rechazo a la acción terrorista de ETA y una proclama de solidaridad con la familia de su última víctima mortal, el brigada Luis Conde. Unión Progreso y Democracia envió una carta al Director del Festival solicitando formalmente un minuto de silencio; inútil intento. El Festival, con su flamante alfombra rosa, acoge todo gesto de solidridad con víctimas lejanas y premia películas comprometidas, siempre que el compromiso y el denunciado queden a cientos o miles de kilómetros de su alfombra rosa. Los actores como Bardem recogen merecidos premios a su carrera recordando al sufrido pueblo saharaui; pero no pronuncian nunca jamás la palabra ETA. Los saharauis y los marroquies están lejos; hablar bien y mal de unos y otros, respectivamente, otorga una pátina de progresía tan bien recompensada en el llamado mundo progre-civilizado. Ni siquiera les pasa factura frente al gobierno de Zapatero que ha roto el tradicional apoyo de España al cumplimiento de la resolución de Naciones Unidas respecto de la autodeterminación del Sahara; porque la familia "progre" del cine español visita los campamentos en los que los saharauis se sienten traicionados por el Gobierno socialista a la vez que firman manifiestos de apoyo electoral a ese mismo gobierno. Es una actitud de compromiso ante los débiles que no sólo resulta gratis: es retribuida por el poder.

Y cada septiembre vienen a San Sebastián. Y hacen discursos progres, hablando de las guerras y de las injusticias del mundo. De todo el mundo menos del mundo cercano, del que pisan, del que les alimenta, del que les ha financiado algunas de las películas con las que empezaron su carrera y con las que se han dado a conocer fuera de nuestras fronteras.

Sigue así Rosa Díez:

Vienen a San Sebastián y nos dan lecciones de progresía y de ética comprometida. A veces, incluso, regalan rosas blancas a quienes hacen el discurso de los terroristas. Nunca hablan de ETA; ni de sus víctimas. Hablan de paz en el mundo; y de alianza de civilizaciones. Pero no tienen un momento para hablar sobre los crímenes que se cometen a dos horas de coche de la terraza en la que toman el aperitivo. ETA hace estallar tres coches bomba en un fin de semana en el que ellos pasean por la alfombra rosa y no tienen ni un segundo para condenar la muerte y el terror cercano. No huelen la pólvora; ni sienten el dolor de las víctimas. Nada les inquieta su conciencia fuera del "marco incomparable" del Festival que les llena de halagos. Están inmunizados contra el dolor de sus compatriotas. Pagan así -con su silencio y su sonrisa perenne ante el drama provocado por el terrorismo nacionalista vasco- su seguridad. Su indiferencia es su escolta. Pero para defender la libertad y la seguridad de los mudos y de los indiferentes de la alfombra rosa, de los progres de salón, muchos ciudadanos anónimos tienen que seguir llevando escolta. Y nuestros escudos siguen arriesgando su vida mientras los artistas pasean por la alfombra rosa. Una alfombra rosa que cuidan hombres de uniforme dispuestos a arriesgar su vida para defender la de aquellos que nunca tuvieron hacia ellos ni el más mínimo gesto de solidaridad.

Concluye calificando la situación de "vergonzosa":

Esta es la historia vergonzosa de un Festival de Cine y de sus protagonistas. Quizá algún día alguien la lleve al cine. Será cuando ETA ya no exista. Y quizá los proganistas serán los mismos que ahora hacen mutis por el foro. Ojala cuando eso ocurra quede alguien para contar la verdadera historia.