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domingo, 13 de diciembre de 2009

Los intelectuales y el poder

Me pareció interesante leer en su día (este verano) el artículo del filósofo iraní Ramin Jahanbegloo. Lo tenía recortado para publicarlo y comentarlo algún día. Ese día ha llegado a este blog. Lo copio y pego a continuación, haciendo notar que lo marcado en negrita lo he destacado yo, por parecerme lo más significativo. Desde luego, el último párrafo es quizá la conclusión y, por tanto, lo más importante del artículo, a mi parecer.

Me llama la atención el hecho de la pérdida de valores absolutos (yo mismo he abandonado la fe en Dios aunque la mayoría de los valores cristianos que recibí en la Iglesia me siguen pareciendo muy válidos) está haciendo que los intelectuales se retiren de la crítica política. Por eso, el autor apela al heroísmo. Porque hay que ser un héroe para enfrentarse al poder cuando el poder se presenta como el de los nazis, el comunismo, la teocracia de Irán, o el de otras dictaduras que en el mundo son o han sido. Es decir, cuando la integridad física de uno mismo y de su familia está en peligro.

Criticar, cuando se está en democracia, como hago yo, es bastante fácil. Lo difícil es lo otro. Hay que tener un infinito amor a la Humanidad para ser un héroe en esas situaciones tan difíciles, si no te mueve un sentimiento religioso. Y, sinceramente, cada vez creo menos en los héroes "laicos". Me refiero a los héroes relativistas, a los que no creen en valores absolutos. Creo, cada vez más, en los héroes que basan su actuación en sus convicciones religiosas y no temen perder la vida porque esperan otra mejor. ¿Santos? Tal vez. Me estoy acordando de Sophie Scholl y de otros que he mencionado en el pasado en este blog. Ellos lucharon pacíficamente contra la opresión desde sus convicciones religiosas. A ella y a otros muchos les costó la vida. Pero nos han dejado su ejemplo. Ellos me inspiran y me animan a ser cada día mejor, más honesto conmigo mismo para serlo también con los demás. ¿Héroe? No creo que les llegase nunca ni a la altura de las suelas.

Y, por último, me pregunto que dónde está la crítica de los intelectuales a las leyes proabortistas que inundan Occidente. Creo sinceramente que una reflexión profunda sobre el tema -no basada en la religión- tiene que llevar a cualquier intelectual a aborrecer la legalización del aborto. Como dice Ramin Jahanbegloo, «...para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano.» Temo que, una vez más, el temor a ser acusados de "religiosos" si critican el abortismo ha hecho enmudecer a muchos filósofos e intelectuales que en su fuero interno lo cuestionan. De nuevo, lo "políticamente correcto" está creando silencios cómplices y está aniquilando millones de vidas humanas.

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EL PAÍS, 29.08.2009

El temor de los intelectuales a la política

Una "epidemia de conformismo" ha paralizado en los primeros años del siglo XXI la vida pública, donde lo único que importa es el poder del mercado. Los mezquinos intereses personales sustituyen a las voces críticas

RAMIN JAHANBEGLOO 29/08/2009

Las dos culturas, el conocido ensayo del científico y novelista británico C. P. Snow, salió a la luz en 1959. Snow defendía ahí la tesis de que el colapso de la comunicación entre las dos culturas de la sociedad moderna -las ciencias y las humanidades- era un freno para la resolución de los problemas del mundo. Medio siglo después, el debate iniciado por Snow ha tomado una nueva forma. El siglo XXI representa, en términos generales, la separación de los intelectuales y la política. Pocas veces habían estado tan alejados los intelectuales y el mundo político.

Los intelectuales críticos son hoy una especie en vías de extinción. Temen la política, y se diría que la política muestra una indiferencia absoluta por todo lo que se pueda denominar intelectual. Hay otros muchos que consideran que nos encontramos ante un declive de lo intelectual. Según ellos, la intelectualidad se ha distanciado de la esfera pública para acercarse a un mundo cada vez más profesionalizado y más empresarial. En otras palabras, los intelectuales están perdiendo su autoridad pública para dirigirse al poder, al tiempo que cada vez son más incapaces de realizar sus funciones de una forma independiente y crítica. Nunca se habían mostrado tan profundamente opuestas la conciencia crítica y la esfera pública.

Parece que los intelectuales de hoy pensaran que puesto que todas las verdades morales son relativas, ya no hay necesidad de ser la voz moral de un mundo sin voz. El afán de ciertos intelectuales de aparentar que lo políticamente correcto y sensato es desestimar la importancia que tienen los imperativos morales en la esfera pública no es más que una forma de hacer coincidir las necesidades humanitarias urgentes del mundo en el que vivimos con las necesidades concretas de su carrera o su ascenso profesional. Asalariados, ocupando cátedras o titularidades permanentes, pensionistas, muchos intelectuales se encuentran encadenados a la rueda de una carrera y una profesión respetables que paradójicamente estanca su capacidad para la crítica en un contexto no conflictivo.

Para ser más precisos, los mezquinos intereses personales han destruido los llamados intereses públicos de los intelectuales. Al olvidarse de la política, rápidamente y sin dejar lugar para el arrepentimiento, muchos intelectuales del mundo actual degradaron y abandonaron la idea de la esfera pública, transformándose en defensores de la cultura de masas carentes de todo sentido crítico. Es en virtud de esta falta de sentido crítico con respecto a la vida pública por lo que los politólogos y los expertos culturales han venido a sustituirlos como actores sociológicos en el mundo contemporáneo. A los intelectuales ya no les interesa reflexionar y debatir sobre los valores, su único interés reside en el comentario de los hechos. Así, con la aparición de la aldea global postindustrial, dominada por las redes mediáticas y la comunicación tecnológica, en las que las voces disidentes suelen estar acalladas, una "epidemia de conformismo" ha paralizado al completo la vida pública, convirtiéndola en una entidad impulsada única y exclusivamente por el mercado.

Para investigar la evolución del compromiso de los intelectuales en la historia europea del siglo XX, tenemos que empezar con el affaire Dreyfus y la aparición de la categoría "intelectual". Pese a las diferentes posturas que cristalizaron durante el affaire Dreyfus, ambas partes estaban de acuerdo en que el intelectual tenía que comprometerse. Uno de los que participó a favor de Dreyfus fue Julian Benda, el filósofo judío conocido fundamentalmente como autor de La traición de los intelectuales, donde afirma que "la labor del intelectual es defender los valores universales, por encima de la política del momento". Para Benda, por consiguiente, el intelectual es un sujeto que opera dentro de un marco moral y se atiene a unos valores trascendentales, libre de las impurezas de la política. Probablemente Zola se merece este honor, no por sus novelas, sino porque llegó a ser un intelectual que atacó la injusticia, el prejuicio y la intolerancia en la esfera pública. De este modo restauró la función que Sócrates había reservado para el filósofo: defender la universalidad de la búsqueda de la verdad y luchar contra la violencia.

El método de Sócrates para dominar la violencia era el uso del diálogo frente a las convicciones políticas. Con su mayéutica -conócete a ti mismo- Sócrates invitaba a los atenienses a interrogarse. Y aunque sea un fin en sí mismo, aprender a interrogarse es también una condición y un punto de partida para cualquier intelectual que quiera obrar honestamente. La honestidad es abrirse a la pluralidad humana; es cobijar la idea, intrínseca al trabajo de un intelectual dialógico, de que cada persona contiene "multitudes", como dice Whitman en su Canto a mí mismo. Todo intelectual necesita de esta multiplicidad, no sólo para conectar con los otros, sino también para ensalzar y valorar, como un elemento constitutivo del mundo, las diferencias que existen entre las personas. La idea de diferencia presupone otro valor igualmente esencial a la condición de intelectual: el respeto.

Una de las tareas del intelectual es pensar en cómo reformar y mejorar la sociedad. Su empeño primordial debe centrarse en la educación cívica de los otros ciudadanos para la responsabilidad que entraña la auto-gobernanza democrática. ¿No perdería todo el significado que tiene para nosotros el valor supremo de la historia si admitiéramos que son muchos los intelectuales que consideran que lo que denominamos examen crítico de la esfera política es un ejercicio fútil? Si no se lee y se ejerce el espíritu crítico, la historia podría convertirse en una simple repetición de los errores humanos. Por el contrario, cuando se comprometen con la historia, los intelectuales no sólo necesitan una mente abierta, sino también crítica, capaz de entender que las verdades pueden ser parciales; una mente que se interrogue continuamente. Lo importante aquí es que la manera de protegerse contra toda tentación de colaboración con el mal es interrogarse y reflexionar con sentido crítico.

Con este planteamiento, la pregunta es: ¿cómo se puede hablar de preservar la ética en la esfera política y de no caer en el mal cuando han dejado de existir los absolutos morales? Poco después de terminada la guerra, en 1945 y en uno de los primeros ensayos que aparecieron al respecto, Hannah Arendt decía que "el problema del mal será el tema fundamental de la vida intelectual en la Europa de posguerra, de la misma manera que la muerte fue el tema de reflexión fundamental después de la Primera Guerra Mundial". Creo que Arendt estaba en lo cierto, sobre todo porque en el mundo de hoy el problema del mal y sus implicaciones políticas constituye un desafío importante para el estatus público y la integridad moral de los intelectuales.

Cierto es que todos somos moralmente responsables de las calamidades e injusticias del mundo en el que vivimos. Pero no es menos cierto que el papel social y político de los intelectuales conlleva una mayor responsabilidad moral. Como señala Max Weber, el compromiso intelectual requiere la ética del héroe, pues hace falta una gran valentía moral para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la esfera pública.

Muchos creen, por supuesto, que ser hoy un intelectual comprometido con la vida pública no es nada del otro mundo, ya que ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo, ningún desafío. Pero, dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor crítica real por parte de los intelectuales, en su función de contrapoderes, ser hoy un intelectual crítico significa también ejercer de conciencia moral del mundo globalizado. Por eso, para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano. Se trata de tener la valentía de alzar la voz en nombre de la no violencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido hoy la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras los humanos sigamos creyendo que la esperanza no es una palabra fútil, los intelectuales no dejarán de ser útiles en todas las sociedades.

Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto. Traducción de Pilar Vázquez

domingo, 15 de noviembre de 2009

¿Aconfesionalidad o laicismo?

Voy a publicar varias "Cartas al Director" que he ido recogiendo de diversos periódicos y diversas fechas. No me importa publicar cartas de periódicos viejos si el tema del que tratan sigue vigente, aunque no se hable de él ahora en los periódicos.

Estas cartas reflejan mayormente mi forma de sentir respecto a diversos temas, pero demuestran que no soy sólo yo el que piensa de esa forma. Cuando una carta aparece en un periódico, ¿cuánta gente no pensará lo mismo aunque no lo escriba y lo mande? Las cartas al director, aunque lógicamente están filtradas por personas con sus ideas y valores, son -para mí- un gran reflejo de lo que mucha gente está pensando sobre un tema en concreto.

A menudo, también expresan puntos de vista, perspectivas que no reflejan los medios de comunicación ni en sus noticias ni en sus análisis. Porque generalmente las noticias (especialmente ciertas noticias) tienen más trascendencia de lo que nos hacen creer los políticos y los medios de comunicación.

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CARTAS AL DIRECTOR
El Correo de Burgos, 12-XI-2009























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En relación a esto, leo en internet el siguiente comentario, que ponen en boca de la ministra Aído:

«se legisla en el Parlamento y en ningún caso desde los púlpitos».

¡Por supuesto!

Esto lo ha dicho porque un monseñor ha recordado la pena de excomunión para los que favorezcan o voten a favor del aborto. La Iglesia no hace leyes, pero tiene derecho y obligación de manifestar la doctrina respecto a temas tan importantes como este. Y lo que ha dicho no es nada nuevo, aunque la ignorancia de la sra. Aído parece que ha motivado su comentario.

Lo que no ha dicho la señora Aído es que la Ley que pretenden aprobar no estaba en el programa electoral del PSOE de las últimas elecciones, por lo que perfectamente lo podemos considerar un monumental engaño a toda la sociedad española y, en especial, a los que votaron al PSOE.

domingo, 11 de octubre de 2009

Me ha llegado este texto por correo electrónico. Como suelo hacer en casos como éste, en los que me parece que el contenido es interesante y debe ser difundido, lo he copiado y pegado en mi blog. Ignoro la procedencia del mismo, aunque supongo que ha sido publicado en algún diario de prensa escrita nacional.

Está claro que Zapatero y sus huestes quieren reescribir la historia y quieren herir de muerte al cristianismo que aún puede quedar en nuestra descristianizada sociedad española -y a la occidental, hasta donde puedan llegar con películas como ésta-.

Yo no puedo decir que soy creyente, ni tampoco ateo. Me encuentro ahora, quizás, en ese limbo donde andan los agnósticos. Pero no soporto a aquellos que intentan falsificar la Historia, sea a favor o en contra del Cristianismo -que es el tema de esta película-, o con cualquier otro motivo. Deberíamos cuidar la Historia como un rico patrimonio común del cual podemos aprender muchas cosas para nuestra vida actual, y no falsificarla para apoyar nuestras posiciones ideológicas o derrumbrar las de los contrarios.

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Desmontando «Ágora»

6 Octubre 09 - Jesús TRILLO FIGUEROA*
«Ágora: Hipatia» (I)


El cine es un maravilloso medio para contar la Historia, pero tiene sus limitaciones: a veces, las ambiciones excesivas pasan factura. Los realizadores de «El Código da Vinci» pretendieron convertir a Magdalena en diosa y se pasaron. Amenábar pretende, nada más y nada menos, contar una historia a partir de la cual «el mundo cambió para siempre». Y se ha vuelto a pasar cuatro pueblos más. La película tiene tantos mensajes ideológicos que es imposible meterlos en dos horas y, al mismo tiempo, mantener un ritmo entretenido, interesante y espectacular.

El cine requiere medir las secuencias, los silencios, los tránsitos y, sobre todo, un guión que mantenga la atención del espectador. Es una pena, porque la película contaba con todos los mimbres: un gran director, una generosa producción, una preciosa actriz, un maravilloso decorado y una perfecta ambientación. Pero lo que pretenden es inyectar en una pastilla los siguientes mensajes: primero, que las religiones generan odio y violencia. Segundo, que el cristianismo es la más talibán de todas y la que empezó. Tercero, que existen dos mundos, por una parte, el de la filosofía y la ciencia, contrapuesto e incompatible con el de la religión. Cuarto, que el cristianismo al principio fue misericordioso, pero la jerarquía eclesiástica y la Iglesia son por definición intolerantes y fundamentalistas. Y, sobre todo, hay dos mensajes más que son especialmente queridos por la película y por toda la explosión de libros y propaganda que estos días se vienen haciendo: el cristianismo es la causa de la caída del Imperio Romano y de la desaparición de la sabiduría grecolatina. Además, es el culpable de la subordinación y dominación de la mujer por parte del hombre. En fin, Alejandría e Hipatia son el símbolo de una civilización grecorromana basada en la filosofía, la ciencia y la libertad, hasta que llegó el cristianismo y comenzó la oscura Edad Media. Demasiado para una sola película. Y la cosa continúa porque, según declara el director, «es increíble cómo se parece a la situación actual».

¿Es casualidad que desde julio hasta el estreno de la película se hayan publicado más de cuatro biografías sobre Hipatia, paradigma de las cuales es la de Clelia Martínez Maza, financiada por la Dirección General de Ciencia y Tecnología? Más de 10 novelas, ejemplo de las cuales es la escrita por el hermano de Carmen Calvo, ex ministra de Cultura, además de multitud de estudios de historia sobre la época. Y todo ello con el mismo mensaje. Que todo salga al mismo tiempo no puede ser casualidad. Una vez más, nos encontramos con un ataque ideológico perfectamente orquestado, del cual, por cierto, Amenábar suele ser pistoletazo de salida, como lo fue en el caso de «Mar adentro» con la eutanasia.

Ahora la cosa va directamente contra la religión y particularmente contra el cristianismo. Lo malo de la trama que cuenta la película es que es mentira desde el principio hasta el final. Forma parte de la estrategia de reescribir la Historia a la que es tan aficionada nuestra izquierda. Hipatia no fue asesinada siendo una joven tan hermosa como Rachel Weisz, de 38 años, sino que murió en el año 415 y tenía 61. No fue famosa por sus dotes de astronomía por más que en la película se empeñen terca y cansadamente, atribuyéndole haberse adelantado a Kepler más de mil años; sino porque era una «divina filósofa» platónica, en palabras del obispo cristiano Sinesio de Cirene –única fuente coetánea que se conserva sobre ella–, a la que llama en sus cartas «madre, hermana, maestra, benefactora mía». El citado obispo, a quien en la película se le hace traidor y cómplice en el asesinato de la filósofa, murió dos años antes que ella, así que es imposible que tuviera nada que ver con su muerte. Ella fue virgen hasta el final, pero no vivió la castidad como ha dicho la protagonista, que se ha declarado feminista radical, «para ser igual que un hombre y poder ejercer una profesión con plena dedicación». Lo hizo porque, coherente con su filosofía, ejercía la Sofrosine, es decir el dominio de uno mismo a través de las virtudes entendidas como el control de los instintos y las pasiones.

Hipatia nunca fue directora de la Biblioteca de Alejandría, ni ésta fue destruida por los talibanes cristianos. La biblioteca fue incendiada por Julio César, saqueada junto con el resto de la ciudad por Aureliano en el año 273, y rematada por Diocleciano en 297. Es verdad que en el año 391 fue destruido lo que quedaba del templo del Serapeo después de la destrucción por los judíos en tiempos de Trajano, y también el repaso que le pegó Diocleciano, quien, para conmemorar la hazaña, puso allí su gran columna, razón por la cual los cristianos lo destruyeron, ya que él era el símbolo de las persecuciones que sufrieron durante trescientos años. Pero lo que allí quedaba de la biblioteca era tanto como lo que restaba en otros sitios. El paganismo siguió existiendo en Alejandría hasta que llegaron los árabes. Y el neoplatonismo siguió floreciendo, hasta que lo recuperó el renacimiento cristiano. Por cierto, que yo sepa, su más brillante exponente se llamaba San Agustín, coetáneo de Hipatia.


«Ágora: Cirilo» (y II)


La historia de Hipatia ha sido objeto de manipulación por todas las tendencias ideológicas, desde la Ilustración hasta el feminismo radical más reciente. Para algunos, como Voltaire, «desde la muerte de Hipatia hasta la Ilustración, Europa está sumida en la oscuridad; la Ilustración, al rebelarse contra la autoridad de la Iglesia, la revelación y los dogmas, vuelve a abrir la iluminación de la razón». En la última versión feminista de Úrsula Molinaro, Hipatia es la campeona del amor libre, a pesar de que en realidad era virgen. La conclusión es que de la verdadera historia de Hipatia se pasa a la leyenda de Hipatia, que se convierte en la leyenda del Crimen de Alejandría, cuyo protagonista principal es el obispo Cirilo.

La película de Amenábar recoge casi todos los ingredientes de esta leyenda: Hipatia es símbolo de mujer libre que representa el fin de la cultura grecolatina y el comienzo del oscurantismo cristiano, asesinada por unos fanáticos talibanes cristianos al mando del obispo Cirilo. ¿De dónde surge esta leyenda? El primero que narró el crimen fue Sócrates Escolástico en el siglo V, un letrado al servicio del patriarca de Constantinopla Néstorio, enemigo del patriarca de Alejandría Cirilo. Pero la atribución directa a este último de la autoría del asesinato fue cosa del escritor pagano Damascio, que escribió la «Vida de Isidoro», que es una apología del paganismo durante el final del siglo V y principios del VI.

No obstante, la auténtica leyenda surge con la obra de John Toland en 1720. Éste era un irlandés, hijo ilegítimo de un sacerdote católico, que se hizo protestante y posteriormente activo militante del ateísmo en la Gran Logia de Londres. Después vino Voltaire; después, el historiador Edward Gibbon, quien, para argumentar su tesis acerca de que el cristianismo es la causa interna de la decadencia del Imperio Romano, utiliza la leyenda de Hipatia y declara a Cirilo responsable de todos los conflictos que estallaron en Alejandría en el siglo V. Más tarde llegarán las versiones románticas de Leconte de Lisle y otros, y finalmente el feminismo radical, para el que Hipatia fue la primera mártir de la misoginia propia del cristianismo. Todos los autores citados, y alguno más, tienen una cosa en común: son masones reconocidos.

Una de las grandes mentiras de la historia que se quiere propagar es que la mujer fue libre en Grecia y en Roma hasta que llegó el cristianismo y la sometió la sujeción del hombre; a esta idea también contribuye la película. Lo cierto es que en Grecia la mujer era considerada una cosa más de la casa, y en Roma, no era una «sui iuris», es decir, titular de derechos, sino que era considerada «capiti diminutio», como un niño o un incapacitado y, por tanto, estaba sometida a la tutela o la «manus» del padre o del marido. Por el contrario, fue el cristianismo el que consideró al hombre y a la mujer iguales en naturaleza, pues ambos son hijos de Dios y hermanos en Cristo; y prueba de ello es que las primeras manifestaciones de mujeres libres autodeterminándose, pese a la voluntad de sus padres o del estado, fueron las primeras mártires cristianas víctimas de las persecuciones romanas, tales como Inés Ágata o Cecilia. Y precisamente la explicación fundamental en torno al odio a Cirilo está en esta cuestión. Independientemente de que la carta de San Pablo a Timoteo no refleja precisamente una visión emancipada de la mujer, no es creíble que Cirilo la impusiera como literalidad a cumplir, porque es precisamente Cirilo quien más ha exaltado en la historia de la humanidad la condición femenina, pues a él se debe la expresión «Theotokos», palabra griega que significa madre de Dios.

El personaje del que hablamos, al que la película presenta con caracteres parecidos a Bin Laden para luego dejar en letras la explicación de que a ese «energúmeno» que ustedes han visto la Iglesia católica lo hizo Santo y León XIII lo declaró doctor de la Iglesia, efectivamente es San Cirilo de Alejandría. Él fue el que derrotó a la herejía Nestoriana en el Concilio de Éfeso del 431. En esencia, la disputa consistía en si María era madre de Cristo o madre de Dios. De la respuesta a esta cuestión surge algo muy importante: la doble naturaleza divina y humana en una persona llamada Cristo. Cirilo consiguió que se convocase un concilio en Éfeso, puesto que era el lugar donde vivió sus últimos años la Virgen María, y logró que la Iglesia declarase el primer dogma mariano de la historia: María, Madre de Dios. Hasta aquel momento nadie en la historia había conseguido colocar a un ser humano mujer por encima de cualquier hombre. Éste es el personaje que en el fondo persigue la leyenda de Hipatia; curiosamente, Beltrand Rusell comienza su «Historia del pensamiento occidental» con una irónica semblanza de San Cirilo diciendo: «El motivo principal de su fama es el linchamiento de Hipatia». Todo esto huele excesivamente a podrido.


*Abogado del Estado (e)

martes, 24 de febrero de 2009

La Iglesia tiene mucho que decir

Copio y pego la siguiente noticia de la web HazteOir, 23 de febrero de 2009:

http://blogs.hazteoir.org/valencia/2009/02/23/cardenal-g%C2%AA-gasco-los-catolicos-se-condenan-a-la-clandestinidad-si-no-ejercen-su-libertad-religiosa/

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REDACCIÓN HO.- El Cardenal García-Gasco, en su carta pastoral de la pasada semana, apela al compromiso de los católicos con la libertad y les recuerda su obligación de ejercer esa libertad en el ámbito público.

El Administrador Apostólico de Valencia reflexiona en su escrito sobre la libertad religiosa, el laicismo y las obligaciones públicas de los católicos, temas muy queridos con el Cardenal García-Gasco y a los que ha dedicado numerosas reflexiones.

García-Gasco recuerda que “el triunfo del laicismo radical como ideología de Estado pasa por el silenciamiento de Dios en la vida pública”, hecho ante el que el católico ha de reaccionar:

El compromiso social y político de los católicos no puede en modo alguno aceptar esa censura intelectual y moral. Al contrario, la actuación de los católicos en la sociedad y en la política está impulsada por una cultura que acoge y da razón de las instancias que derivan de la fe y de la ley natural, y las sitúan como fundamento objetivo de proyectos concretos.

En nombre precisamente de la libertad, el Cardenal García-Gasco recuerda que los católicos han de combatir el intento laicista de sepultarlos bajo toneladas de un silencio que se disfraza con el apelativo de “vida privada”:

La libertad sirve también para liberarnos de las presiones que intentan reducir la libertad religiosa a la conciencia singular o, como mucho, a la intimidad privada y familiar, sin derecho a que cada persona pueda expresarse legítimamente en sus ámbitos profesionales, artísticos y culturales, sociales y políticos.

Si falta ese ejercicio de la libertad religiosa, los mismos católicos condenan la vivencia y expresión de su fe a la clandestinidad social, limitando su creatividad y empobreciendo su aportación al bien común.

Si aceptásemos esa restricción a la clandestinidad ¿no estaríamos negando el derecho a existir en la sociedad de nuestras tradiciones, costumbres, arte y cultura de inspiración religiosa?

Para que la sociedad y la vida colectivas siga estando en manos de las personas y no del Estado, es necesario a juicio del Cardenal García-Gasco que los católicos asuman un compromiso social y político:

El compromiso social y político del fiel laico en el ámbito cultural comporta hoy algunas direcciones precisas. La primera es asegurar a todos y a cada uno el derecho a una cultura humana y civil, que viene exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social.

Se trata de un principio básico que implica el derecho de las familias y de las personas a una escuela libre y abierta; la libertad de acceso a los medios de comunicación social, sin monopolios ni controles ideológicos; la libertad de investigación, de divulgación del pensamiento, de debate y de confrontación. El compromiso por la educación y la formación de la persona constituye, en todo momento, la primera solicitud de la acción social de los cristianos.

La segunda dirección para el compromiso del cristiano laico se refiere al contenido de la cultura, es decir, a la búsqueda de la verdad.

La cuestión de la verdad es esencial para la cultura. El compromiso del cristiano en el ámbito cultural se opone a todas las visiones reductivas del hombre y de la vida, porque el compromiso cristiano está con la verdad y contra las diversas formas históricas de falsedad, mentira y alienación humanas.

En tercer lugar, los cristianos deben trabajar generosamente para dar su pleno valor a la dimensión religiosa de la cultura, que eleva la calidad de vida humana en el plano social y en el individual.

Cuando se niega, se relega, o se excluye la dimensión religiosa de una persona o de un pueblo se niegan también legítimos valores artísticos y culturales que entroncan en el derecho a la personalidad.

El documento completo puede leerse en Cultura del amor frente a laicismo de Estado.

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MI COMENTARIO: Aunque no soy creyente, estoy básicamente de acuerdo con el cardenal. Si se les deja campo libre a estos laicistas, a saber dónde nos llevan. Los nazis también eran laicistas y mira lo que pasó.

Opino que es bueno que haya una voz crítica independiente que clame contra los excesos de los políticos (o de otros estamentos) y por eso, aunque pagano, me parece bien que la Iglesia exprese sus puntos de vista y sus valores públicamente, muchos de los cuales coinciden con los míos. El punto de vista de la Iglesia enriquece el debate, como pueden enriquecerlo otros puntos de vista (medios de comunicación, personajes importantes, intelectuales, científicos, etc.).

En lo que sí creo que debe criticarse a la Iglesia es en que no haya mantenido su beligerancia contra las leyes injustas (estoy pensando en el aborto) de igual forma en tiempos de gobierno del PP y en los de ahora con el PSOE en el poder. Por supuesto que el PSOE es más recalcitrante y genocida, pero también había que haber plantado más cara a Aznar con su aprobación de la píldora abortiva, por ejemplo, o contra su apoyo a la guerra de Irak. O exigiéndole que retirara la inhumana despenalización del aborto.

Eso no se hizo o no se hizo bien, y ahora la Iglesia no tiene suficiente credibilidad para muchos, al no haber aparecido neutral e independiente frente a cualquier gobierno.

Es hora de entonar el “Mea culpa”, sin caer en autoflagelaciones. Eso sí, aprendan la lección para el futuro.

viernes, 2 de enero de 2009

Retirado un belén de la Fiscalía

Yo no sé qué problema tiene esta gente con la religión. Vale que un Belén es un motivo religioso, pero también pertenece a nuestra tradición cultural. Yo tengo un nacimiento puesto en mi casa, aunque yo no soy creyente. No me ofende en absoluto. Además, soy yo el que pone las luces y añade alguna cosita cada año. También canto villancicos durante las navidades y llevo a mis hijos más pequeños, cuando hay tiempo, a ver los belenes que hay expuestos por mi ciudad.

Creo que los belenes son una tradición de las que hay que conservar y que no pasa nada porque haya uno a la entrada de un edificio oficial.

Ese laicismo beligerante que muestran algunos funcionarios y políticos nos va a hacer perder muchas cosas de nuestra cultura, de nuestra idiosincrasia, como en este caso.

Además, si quitamos el sentido religioso a la Navidad, ¿qué es lo que se celebra? ¿unas navidades laicas? ¿el cambio de año?. Empiezan por vaciarnos de contenido la Navidad y luego nos van a decir que para qué tener festivos el 25 de diciembre, el 6 de enero... (En mi empresa, la Dirección, con la connivencia del Comité de Empresa, ya han decidido trasladar la fiesta del patrón a otra fecha distinta, que no corresponde con la del santo, sino con una fiesta local. Es un síntoma de descristianización que al final se volverá contra nosotros, los trabajadores).

Me gustaría que esos esfuerzos por eliminar nuestras tradiciones estuvieran mejor encarrilados, como, por ejemplo, hacia la supresión de las corridas de toros, al menos tal y como las realizamos en España (con humillación y muerte del toro). Sé que habrá muchos que no estén de acuerdo, pero a mí me parece más lógico que se luche por suprimir esa atávica, brutal y sangrienta tradición que esta inofensiva de los belenes (aunque, por supuesto, no renuncio a que los toros sigan campando por las dehesas de España: eso hay que conservarlo).

Sin embargo, fuentes del gobierno zapateril ya han dicho que de suprimir las corridas de toros nada de nada, y que el tema de los toros se va a quedar como estaba.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Crucifijos en las aulas (carta a Gaspar Llamazares)

Ahora que un grupo de intolerantes ha logrado una victoria jurídica (aunque recurrida) al conseguir una sentencia que dicta que se retiren los crucifijos de las aulas en un colegio de Castilla y León, viene a mi memoria un escrito que ya publiqué hace algún tiempo. Su autoría no me pertenece. Parece que está escrito por un sacerdote trinitario y que fue publicado en ABC.

Creo que merece la pena recordarlo:


(En dicho colegio el Consejo Escolar votó y rechazó la retirada de los crucifijos. El padre o padres promotores de la votación, no satisfechos con el resultado, acudieron a los tribunales, donde han ganado, en primera instancia, la retirada de ése símbolo cristiano de las clases).

viernes, 12 de diciembre de 2008

El laicismo es una religión encubierta

En esta época de laicismo militante hay que decir que este laicismo no es sino una religión más que intenta imponerse sobre las demás. Una religión sin dios (aparentemente) pero tan feroz o más que las que ya conocemos. Porque no creo que haya habido guerras ni dictaduras más sanguinarias que las llevadas a cabo por el laicismo. Hay tenemos, a la vuelta de la esquina, en el siglo XX, las dos ideologías laicas más terribles que ha sido capaz de producir el hombre: el nazismo y el comunismo.

El nazismo empezó una guerra que llevaría a la muerte a millones de personas en todo el mundo, aunque especialmente en Europa. Además, alimentaría hornos crematorios con millones de cuerpos humanos previamente torturados por el hambre y por el hombre.

El comunismo hizo algo parecido. Las purgas de Stalin eliminaron a millones de seres humanos que no eran de su agrado. Eso, sin contar otros muchos crímenes cometidos también durante la Segunda Guerra mundial, y otros muchísimos por todo el mundo, en nombre del comunismo: Vietnam, Corea, China, Cuba...

Sólo estas dos ideologías laicas han destruido, probablemente, en un solo siglo, a más millones de personas que todas las guerras de religión en los miles de años que llevamos de historia de la Humanidad.

Por eso, mucho ojo con ese afán desmedido de quitar todo símbolo religioso de los espacios públicos. Empezamos exigiendo que se quiten los crucifijos de las aulas y acabaremos prohibiendo las expresiones de religión más tradicionales, como las procesiones, por ejemplo, simplemente porque exhiben símbolos religiosos. (Pensemos, desde el punto de vista simplemente crematístico, cuándo turismo atraen nuestras procesiones de Semana Santa, por nombrar sólo un caso).

Yo no soy creyente, pero me asusta este fanatismo laicista que ha venido de la mano de Zapatero. Los radicales más peligrosos de nuestra sociedad, que en toda sociedad los hay, están crecidos con la ascensión de Zapatero. No sé si porque ven en Zapatero a otro radical como ellos o porque ven un gobierno débil que deja campar a sus anchas este jinete apocalíptico cuya misión es destruir todo lo que recuerde a la historia de España, por valioso que esto pueda ser en términos objetivos.

Creo que España tiene una larguísima tradición cristiana que hay que respetar, aunque sea sólo por razones históricas. Si alguien hoy se escandaliza de ver un crucifijo en un aula, mañana se escandalizará de ver una cruz en lo alto de una iglesia y posteriormente habrá que retirar las vidrieras de las catedrales porque "atentan contra el espacio público". Más tarde estará prohibido exhibir cualquier símbolo religioso en el atuendo personal (una cruz, una imagen de un santo, una insignia de un grupo religioso, un hábito de monje, etc.) porque "atenta contra la libertad religiosa de los demás". En este país hay tanta estulticia que estas cosas se abrirán camino solas, simplemente por la inacción y dejadez de la mayoría, auque sean creyentes. Y otros muchos ignorantes aplaudirán estúpidamente cuán laicos somos y creerán que el resto del mundo debería mirarse en nosotros para seguir los mismos pasos del laicismo combativo.

Cuando esos pseudo-progres hablan de laicismo me recuerdan a los gulags, los campos de concentración, de exterminio, el Holocausto... Algunos se preguntan cómo se pudo llegar a aquello. La respuesta la tenemos ante nuestras propias narices. Habrá que parar a estos fanáticos laicistas antes de que nos deslicemos por alguna pendiente que nos lleve a otras guerras o genocidios.

La Iglesia católica y todas las religiones han hecho, sin duda, mucho daño a mucha gente. Porque donde hay poder hay abusos, y donde hay abusos hay sufrimiento. Pero la Iglesia ya no es un poder que haya que temer en España. La gente se toma sus directrices con bastante relativismo. Son más peligrosos quizá los musulmanes, porque no han hecho todavía la transición mental de separar los poderes político y religioso. Su obsesión -como otras religiones intentaron anteriormente- es llevar sus normas religiosas a los Códigos Civil y Penal.

Pero quizá son peores los laicistas porque se creen con una superioridad moral que recuerda los peores tiempos de la Inquisición.

El laicismo pretende que debe combatirse la idea de Dios. No obstante, en su propia filosofía subyace la idea de que hay ciertos valores absolutos: el hombre, la sociedad o el dinero.

Cuando el hombre deviene dueño absoluto de sus actos y no necesita rendir cuentas a nadie, él mismo se convierte en un dios. Este tipo de planteamientos conllevan a genocidios como el aborto, que están sucediendo en nuestros días mientras todos miran hacia otra parte. Las feministas alegan: "Mi cuerpo es mío, yo decido" (pero olvidan que el embrión no es "su cuerpo" ni un apéndice, sino un ser humano completo que depende -eso sí- del cuerpo de la mandre). Es el laicismo llevado al extremo, donde el hombre se arroga derechos de Dios, decidiendo sobre la vida o muerte de otro. ¿Es o no es una religión con su deidad y todo?

Cuando el valor absoluto se pone en la sociedad, se generan estructuras como el comunismo, que aplastan al individuo en favor de un "bien social" difícilmente demostrable. Esto lo determina el líder (por ejemplo, Fidel Castro) o el Partido. Porque también los partidos adquieren el "status" de dioses, siendo ellos los que determinan las normas morales que deben seguir los individuos en su sociedad. El que se desvía es severamente castigado.

Cuando el valor absoluto se pone en el dinero, el ser humano es aplastado por las estructuras económicas. Su trabajo es alienante. Es el caso del llamado "capitalismo salvaje". Muchos países pueden estar bajo este esquema, empezando por EE.UU. Para evitarlo, las democracias intentan poner salvaguardas que protejan los derechos de los ciudadanos: derechos laborales, sociales, a la cultura, a la salud, etc. Cuando es un país capitalista dictatorial, el dinero se impone en la voluntad de los dirigentes -cuando no directamente los corrompe- y entonces los ciudadanos sufren el máximo de conculcación en sus derechos.

Todos estos son casos extremos de laicismo. Cuando las religiones tienen algo de autoridad sobre la población, pueden ayudar a suavizar la dureza del laicismo imperante. En Polonia, por ejemplo, la fuerza del catolicismo permitió acelerar la apertura del país y el abandono del comunismo. En España, la Iglesia facilitó la transición desde la dictadura hacia la democracia. En Sudáfrica, Desmod Tutú, obispo anglicano, se puso al frente de un movimiento popular contra el Apartheid. Y así, podríamos seguir mencionando muchos más casos.

Yo creo que el Cristianismo ha ayudado a nuestra sociedad occidental a avanzar en el respeto a los derechos humanos. La democracia -un hombre un voto- está emparentada con la igualdad en dignidad de todos los hombres a los ojos de Dios. Jesucristo defendió la dignidad de la mujer en medio de una sociedad donde se la despreciaba hasta el extremo. Eso ha hecho que en la familia cristiana la mujer tenga la misma dignidad que el hombre, aunque por razones prácticas e históricas ambos hayan tenido papeles distintos en la sociedad. Se suprimió en el catolicismo la posibilidad del repudio, que era una opción abusiva que tenía el hombre sobre la esposa en el judaísmo, así como el divorcio, que dejaba a la mujer en la más mísera de las indefensiones. La Iglesia defendió, a través de las órdenes religiosas, los derechos y dignidad de los pueblos indigenas colonizados por los españoles. Y son numerosas las encíclicas que hablan de los derechos laborales, sociales, etc. relativas a todos los seres humanos. De esa corriente de pensamiento, aunque despojándola de su contenido religioso, han bebido muchos filósofos y pensadores del llamado "socialismo utópico" que más tarde han desembocado en los partidos de izquierda actuales (los cuales han perdido bastante el norte, y ya no persiguen la utopía).

Se podrían decir muchas más cosas de la aportación de la Iglesia al pensamiento moderno occidental, pero creo que pueden servir las anteriores como simples pinceladas que nos hagan valorar nuestra herencia cristiana, incluso aunque no seamos creyentes.

No soy un experto, pero esta es mi visión del laicismo. El laicismo, lo que antes en la Iglesia se llamaba "paganismo", puede ser tan cruel o más que la peor de las religiones.

Estemos atentos por si acaso.

martes, 28 de octubre de 2008

Carta abierta a Gaspar Llamazares

Esta carta circula por internet. Se atribuye al religioso Pedro Aliaga Asensio, de la orden de los Trinitarios. Me ha parecido interesante traerla aquí porque, en la estrategia de los laicistas, se empieza por pedir que cambien el nombre religioso de algunas calles (por ejemplo) y acaban haciendo una ley que prohiba poner el nombre de un santo cristiano a los niños. ¿Exagero? Prefiero no tener que recordar aquí cómo empezó la cosa en la 2ª República que acabó en quema de iglesias, asesinato de curas, monjas y monjes y una guerra civil...

(Por cierto, hace unos días Gaspar Llamazares ha presentado su dimisión como coordinador general de IU debido a los desastrosos resultados electorales obtenidos en el último referendum. No obstante, se niega a abandonar el escaño -único- que obtuvo gracias a esa formación, IU).

«Sr . Llamazares: leo en la prensa que ha cursado solicitud formal para retirar la cruz y la Biblia de las juras de cargos públicos ante el Rey, y que está preocupado porque aún quedan cruces en los colegios y desfilan militares en las procesiones . En Italia, donde vivo, esa cuestión quedó zanjada con la sentencia judicial favorable al mantenimiento de la cruz en los lugares públicos porque se trata de un símbolo referente para la cultura italiana . Sin embargo, para usted no es así, y cree que se trata de un atentado a la laicidad del Estado . Le pregunto: ¿va usted a pedir la retirada de nuestros museos, como ofensivos, de los Cristos de Velázquez o de las Vírgenes de Murillo? ¿Usted se va a presentar a trabajar en el Congreso el día de Navidad, por la terrible injusticia que representa el descanso para todos los españoles del día del nacimiento de Cristo? ¿Se va a aupar a la torre de la catedral de Toledo, para tapar sus cruces, que ofenden los aires de los millones de turistas que visitan la ciudad? ¿Se va a emplear con los billetes de 20 euros por representar la ventana gótica de una catedral europea, intolerante muestra de agresión religiosa? ¿Va a pedir prohibir la Semana Santa de Sevilla, la Romería del Rocío o de San Isidro, por su carga de ofensiva católica en las calles que a todos pertenecen? ¿Pedirá la retirada de nuestras bibliotecas, estatales y que pertenecen a todos, de las obras de Gonzalo de Berceo, de Lope de Vega y de Galdós, por su propaganda clerical, impensable en un Estado laico? ¿Borrará al Magistral de La Regenta? ¿Pedirá que la Real Academia declare que las Glosas Silenses y Emilianenses ya no son los testimonios más antiguos del castellano? ¿Borrará los apellidos de Navas de San Juan o de Villanueva del Arzobispo, o se empleará con los nombres de San Sebastián o de Sant Feliù de Llobregat por imponer a todos los ciudadanos un membrete con creencias religiosas adheridas? ¿Raspará con su cincel las cruces de Calatrava o de Santiago de los escudos municipales? ¿Liberará al cochino de San Antón de la oscurantista gorrinera católica, o pedirá usted que la pava de Cazalilla sea arrojada desde la Casa del Pueblo, en vez del campanario de la parroquia? ¿Empezará una cruzada para que el 'Viva San Fermín' se transforme en un 'Viva la serenidad laica de un Estado igualitario en sus manifestaciones lúdicas y/o festivas'? Señor Llamazares: le aconsejo que, antes de que su partido desaparezca definitivamente del Congreso, haga lo posible por cambiar su nombre en el registro civil, pues es indigno de un Estado como España que usted se llame Gaspar, como uno de los Reyes Magos, con evidentes reminiscencias católicas y monárquicas que pueden ofender al pueblo al que usted representa .»