Estas fotos son muy buenas.
En la primera se ve cómo Rubalcaba saluda al Papa en su último viaje a España. Se le ve estirado.
En la siguiente foto, saludando al rey Mohamed VI de Marruecos. Por su forma de reir se ve que hay sintonía personal y se agacha de manera bastante servil:
Otra foto divertida, relacionada con este tema: Zapatero saludando al Papa. Este último dirige una mirada amable a Zapatero, que no se la devuelve porque lo que realmente le interesa es "la foto". Para los católicos, que parezca que hay entendimiento con el Papa. Para los de su cuerda, o sea, los que simpatizan con el PSOE, que se note que el apretón de manos es puramente circunstancial:
Otra imagen divertida (si no fuera trágica) en la que se ve a un Zapatero aspirante a La Moncloa que había ido a Marruecos a pedir la bendición de Mohamed y se tiene que tragar el sapo de hacerse una foto con un mapa de los territorios que reivindica Marruecos como "históricamente" suyos y a los que aspira (supongo que en virtud de Al Andalus). ¿Qué fue a pedir Zapatero a Mohamed VI? Quizá de aquella visita vengan ahora esas poses tan sumisas de Rubalcaba...
Esta foto también ha sido borrada meticulosamente del currículum del PSOE, pero internet es un monstruo que tiene buena memoria.
(Comentario mío del 20/10/2011: hay un análisis interesante sobre las relaciones PSOE-Marruecos en el siguiente enlace:
http://joseluisvalladares.blogspot.com/2010/12/subyugados-por-mohamed-vi.html).
Hipocresía... ¿no estamos ya hartos de ella? ¿Qué herencia vamos a dejar en el corazón de nuestros hijos? Los niños son -quizá- lo único bueno que le queda a la Humanidad: no acabemos también con ellos.
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lunes, 21 de febrero de 2011
lunes, 3 de noviembre de 2008
El juez que durmió tranquilo (Arturo Pz. Reverte)
Alguna vez les he hablado de mi amigo Daniel Sherr, judío, alérgico y vegetariano, que además de tener un corazón de oro y ser un ecologista excéntrico y pelmazo, es el mejor intérprete del mundo. Trabaja para Naciones Unidas, diplomáticos y gente así, habla más lenguas que un apóstol en Pentecostés –su amistad soportará esa hipérbole poco ortodoxa en lo mosaico–, y asiste a inmigrantes hispanos en los juzgados gringos. A veces, mientras saca un plátano del bolsillo y se pone a pelarlo sin complejos en la mesa de un restaurante de varios tenedores –«Tiene mucho potasio», le dice al incómodo camarero–, Daniel me cuenta historias judiciales tristes, recuerdos que lo dejan hecho cisco durante días y noches. Para alguien que, como él, cree que la compasión hacia los desgraciados es obligación principal del ser humano, los juzgados suponen, a menudo, una nube oscura sobre su corazón y su memoria. Pero hay que ganarse la vida, dice con sonrisa triste. Además, cuando se trata de pobre gente, siempre puedes echar una mano. Ayudar.Texto de Arturo Pérez Reverte, publicado en la
Ayer, mi amigo me contó, al fin, una historia reciente que no es triste. Hablábamos de jueces y de injusticias; de cómo, a veces, quien administra la ley, con tal de no complicarse la vida, pone la letra de ésta por encima del sentido común y de la humanidad. Fue entonces cuando Daniel me contó el último asunto en el que había intervenido como traductor, en un juzgado de familia de Nueva Jersey. De una parte, una mujer con una niña de dos años, cuya custodia pedía. De la otra, un funcionario de la división de Juventud y Familia del Estado. En medio, un juez. La mujer, ecuatoriana, solicitaba seguir con la niña, de origen mejicano, cuya madre se la había confiado hacía año y medio y no había vuelto nunca más. La señora pedía la custodia legal de la niña, pues las vacunas para la criatura costaban ochenta dólares la inyección, ella tenía un trabajo humilde y escasos recursos, y con la custodia legal tendría derecho a que por lo menos las vacunas las pagase el Estado. Pero había un problema: la ecuatoriana era inmigrante ilegal. Su situación, ley en mano, obligaba al juez no sólo a acceder a la petición del funcionario del Estado para que le quitasen a la niña, sino, llevado el caso al extremo, a expulsar a la mujer de los Estados Unidos.
Según me contó Daniel, el juez inició así su interrogatorio: «Señora Espinosa, usted no está en este país legalmente, ¿verdad?». La respuesta fue: «No, señoría». El juez miró a la niña, que correteaba entre los bancos de la sala. «¿Sabe usted que el funcionario del Estado alega que Nueva Jersey no puede ofrecer prestaciones a un trabajador indocumentado?» La señora parpadeó, tragó saliva y miró al juez a los ojos: «Sí, señoría». El juez guardó silencio un momento. «Señora Espinosa –dijo al fin–, lleve esta hoja con mi membrete y mi firma a los Servicios Católicos de ayuda. Mi ayudante le dará la dirección. Dígales que va de mi parte y que quiere regularizar su situación.» Dicho eso, el juez se dirigió al funcionario del Estado: «Como ve, la señora Espinosa está tratando de regularizar su situación. ¿Es suficiente?». Pero el funcionario no parecía convencido. Para él, la ecuatoriana era un número más en los expedientes, y sus jefes le exigían eficacia. «Señoría…», empezó a decir. El juez levantó una mano: «Escuche, señor X. Como juez tengo que aplicar la ley, pero también necesito poder dormir con la conciencia tranquila. Es evidente que esta señora es una madre concienzuda y que realmente ha ayudado a la niña. Mírela. A esa niña la quieren, y donde mejor va a estar es con esta mujer». El funcionario seguía aferrado a sus papeles: «Señoría, la ley…». El juez arrugó el entrecejo y se inclinó un poco sobre la mesa hacia el funcionario: «Mi trabajo consiste en aplicar la ley, pero administrándola e interpretándola con humanidad. Además, esta mujer ha demostrado cierto valor al venir aquí, a un tribunal, siendo ilegal. Podría haber sido detenida y expulsada, y aun así ha venido. Y lo ha hecho por la niña. Así que dígaselo a sus supervisores. Y usted, señora, haga lo que le he dicho. Y vuelva a verme dentro de treinta días».
Cuando, mascando un tallo de apio, Daniel terminó de contarme la historia, sonreía con aire bobalicón. «¿Y tú qué hiciste?», le pregunté. «¿Yo? –respondió–. Pues, ¿qué iba a hacer? Traducir escrupulosamente cada palabra.» Luego me miró acentuando la sonrisa, con un trocito de apio en el labio inferior. «Pero esa noche yo también dormí tranquilo.»
Revista "XL Semanal", 16 de abril de 2006
[Ojalá todos pudiéramos dormir tranquilos sabiendo que existe la justicia...]
sábado, 26 de abril de 2008
Visita a Vitoria
Hoy he estado en Vitoria de visita a un familiar. Como nos quedaba tiempo al final de la jornada, hemos ido la familia y yo a ver el famoso "Boulevard", un macro-centro comercial que nos habían recomendado visitar.
La verdad, el "Boulevard" es enorme, especialmente para una ciudad no tan grande, como es Vitoria. Pero no deja de ser un simple centro comercial, un TEMPLO INMENSO dedicado al CONSUMISMO. Apenas tiene zonas para que jueguen los niños. Pero, ¿para qué?. Apenas había niños. La gente de hoy en día, nuestros convecinos españoles (porque ahora no hablo de la inmigración) ya no quieren tener niños. A lo sumo uno, o dos todo lo más. Las próximas generaciones de españoles serán mucho más abundantes en otras etnias que en la "autóctona".
Había una zona muy amplia de restauración (restaurantes, cafeterías, cervecerías, etc) pero creo que no había cines ni otro tipo de ofertas de ocio que no fueran comprar, ir de tiendas o, en el mejor de los casos, simplemente mirar escaparates, como hacíamos mi esposa y yo.
Nos preguntábamos para qué tantas tiendas. Hay una explosión de tiendas de ropa. Es curioso cómo la gente compra ropa aunque le siga sirviendo la que tiene. Simplemente hay que renovar el armario. Tirar o regalar lo de la temporada anterior. ¿Por qué?. Es la moda. Que nuestros amigos no nos vean con los mismos pantalones o la misma camisa de hace un año, no vayan a pensar que somos unos pobretones o unos rácanos... (¿usar ropa que está en perfectas condiciones es ser rácano?). Y todo por "la moda". Pero... ¿quién hace la moda?. Aquellos que tienen grandes intereses comerciales en la industria de la ropa y del calzado. Se trata de romper drásticamente con lo anterior para que no podamos aprovechar nada y así obligarnos a gastar el máximo de dinero en ropa/calzado/complementos nuevo/s.
Uno puede pensar: "Bueno, yo gano mi dinero y me lo gasto en lo que quiero, y lo que quiero es ropa e ir a la última...". De acuerdo, amigo, estoy de acuerdo. Pero, por favor, luego no te escandalices por la pobreza y el hambre en el mundo, por las enfermedades simples que matan a millones de niños y adultos porque no se erradican del todo y con medidas sencillas, por los niños esclavos, por los niños usados como soldados, por los niños explotados sexualmente, etc. Luego no me vayas de izquierdista y de salvador del mundo, impartiendo doctrina y haciéndote pasar por persona comprensiva con los desheredados de la tierra porque, con mucho menos de lo que se gastan en ropa tú y otros muchos, se podrían solucionar esos problemas y bastantes más.
Y quien dice la ropa, dice otras cosas. Pero, en fin, me he centrado en la ropa para que se me entienda mejor.
Este macro-centro no está pensado para niños. Tiene cosas peligrosas. Por ejemplo, nada más subir del aparcamiento, salimos a una inmensa terraza a distinto nivel que el suelo (a varios metros de altura). Esta terraza en realidad constituye un paseo para poder caminar paralelos al centro comercial pero por el exterior. Pues bien, la separación de la terraza con la calle es un pequeño zócalo (unos 30 centímetros) rematado por una barrera de dos tubos metálicos paralelos. Pero los tubos tienen tanta separación entre ellos y con el zócalo que un niño pequeño (por ejemplo, el mío, que tiene dos años y medio) puede perfectamente colarse y caerse si se asoma demasiado. Y los niños son curiosos por naturaleza... Cuando hemos llegado a esa terraza-paseo, nuestro pequeño ha ido corriendo a mirar desde el borde. ¡Menudo susto! Incluso estando sujetándole, quería asomarse. Conclusión: el que lo diseñó no pensó en los niños.
Vitoria ha crecido mucho en los últimos años. Las calles van siendo más anchas para dejar paso al tráfico cada día más intenso. Las distancias empiezan a ser grandes y la gente cada vez coge más el coche para ir a sus asuntos. Tiene el aspecto de que ya no es la ciudad recogida y amigable de antiguamente, donde se podía hacer la vida a pie.
Otra cosa que me ha preocupado, aunque ya tenía noticias de ello: el tranvía que se está instalando por todas las zonas. El tranvía me parece un atraso. Además de la tremenda inversión en la infraestructura (los raíles) que tienen que soportar con sus impuestos los ciudadanos, es una obra con nula flexibilidad. ¿Qué pasa si un día hay una manifestación en una calle, unas obras, un accidente, etc.? O si se decide cambiar un itinerario para optimizarlo. Un autobús puede solucionarlo fácilmente con sólo desviarlo por otras calles pero, ¿un tranvía?. Eso, por no hablar de la barrera arquitectónica que pueden significar las vías, aunque ese impacto lo desconozco de momento. ¿Qué justifica ese dineral "enterrado" en vías y locomotoras y vagones? Sólo se me ocurre pensar en las grandes comisiones que van a cobrar "bajo cuerda" los ediles que apoyan estos mega-proyectos: cuanto mayor es la inversión, mayor es la cantidad a cobrar. Esto no es una acusación, puesto que carezco de pruebas, pero es una hipótesis, una racionalización mental de las causas y puede estar pasando, si no en Vitoria, en otros sitios.
Algunos dirán que el tranvía es ecológico porque es eléctrico. Bueno, también existen autobuses eléctricos o movidos con pila de hidrógeno. Y la electricidad que consume el tranvía proviene de centrales térmicas de carbón, queroseno, etc. y de centrales nucleares.
Me preocupa mucho que el alcalde y concejales de Burgos también quieran poner un tranvía en esta ciudad. Simplemente copian lo que hacen otros, sin criterios propios. O quizá el único criterio es que, a mayor inversión, mayor comisión. Creo que la decisión aún no está tomada, esperemos que cunda la inteligencia.
Por fin, otra cosa que me ha impresionado mucho, antes de ir al "Boulevard" (¿no había una palabra española o vasca para nombrarlo, que han tenido que recurrir al francés?), ha sido la gran cantidad de inmigrantes, especialmente magrebíes, que circulaban por el "casco viejo". A estos sí que se les veía con muchos niños pequeños. E incluso se veían pequeños grupos de mozalbetes de esa misma etnia. Es una invasión pacífica (de momento, esperemos que siga así) y silenciosa.
La verdad, el "Boulevard" es enorme, especialmente para una ciudad no tan grande, como es Vitoria. Pero no deja de ser un simple centro comercial, un TEMPLO INMENSO dedicado al CONSUMISMO. Apenas tiene zonas para que jueguen los niños. Pero, ¿para qué?. Apenas había niños. La gente de hoy en día, nuestros convecinos españoles (porque ahora no hablo de la inmigración) ya no quieren tener niños. A lo sumo uno, o dos todo lo más. Las próximas generaciones de españoles serán mucho más abundantes en otras etnias que en la "autóctona".
Había una zona muy amplia de restauración (restaurantes, cafeterías, cervecerías, etc) pero creo que no había cines ni otro tipo de ofertas de ocio que no fueran comprar, ir de tiendas o, en el mejor de los casos, simplemente mirar escaparates, como hacíamos mi esposa y yo.
Nos preguntábamos para qué tantas tiendas. Hay una explosión de tiendas de ropa. Es curioso cómo la gente compra ropa aunque le siga sirviendo la que tiene. Simplemente hay que renovar el armario. Tirar o regalar lo de la temporada anterior. ¿Por qué?. Es la moda. Que nuestros amigos no nos vean con los mismos pantalones o la misma camisa de hace un año, no vayan a pensar que somos unos pobretones o unos rácanos... (¿usar ropa que está en perfectas condiciones es ser rácano?). Y todo por "la moda". Pero... ¿quién hace la moda?. Aquellos que tienen grandes intereses comerciales en la industria de la ropa y del calzado. Se trata de romper drásticamente con lo anterior para que no podamos aprovechar nada y así obligarnos a gastar el máximo de dinero en ropa/calzado/complementos nuevo/s.
Uno puede pensar: "Bueno, yo gano mi dinero y me lo gasto en lo que quiero, y lo que quiero es ropa e ir a la última...". De acuerdo, amigo, estoy de acuerdo. Pero, por favor, luego no te escandalices por la pobreza y el hambre en el mundo, por las enfermedades simples que matan a millones de niños y adultos porque no se erradican del todo y con medidas sencillas, por los niños esclavos, por los niños usados como soldados, por los niños explotados sexualmente, etc. Luego no me vayas de izquierdista y de salvador del mundo, impartiendo doctrina y haciéndote pasar por persona comprensiva con los desheredados de la tierra porque, con mucho menos de lo que se gastan en ropa tú y otros muchos, se podrían solucionar esos problemas y bastantes más.
Y quien dice la ropa, dice otras cosas. Pero, en fin, me he centrado en la ropa para que se me entienda mejor.
Este macro-centro no está pensado para niños. Tiene cosas peligrosas. Por ejemplo, nada más subir del aparcamiento, salimos a una inmensa terraza a distinto nivel que el suelo (a varios metros de altura). Esta terraza en realidad constituye un paseo para poder caminar paralelos al centro comercial pero por el exterior. Pues bien, la separación de la terraza con la calle es un pequeño zócalo (unos 30 centímetros) rematado por una barrera de dos tubos metálicos paralelos. Pero los tubos tienen tanta separación entre ellos y con el zócalo que un niño pequeño (por ejemplo, el mío, que tiene dos años y medio) puede perfectamente colarse y caerse si se asoma demasiado. Y los niños son curiosos por naturaleza... Cuando hemos llegado a esa terraza-paseo, nuestro pequeño ha ido corriendo a mirar desde el borde. ¡Menudo susto! Incluso estando sujetándole, quería asomarse. Conclusión: el que lo diseñó no pensó en los niños.
Vitoria ha crecido mucho en los últimos años. Las calles van siendo más anchas para dejar paso al tráfico cada día más intenso. Las distancias empiezan a ser grandes y la gente cada vez coge más el coche para ir a sus asuntos. Tiene el aspecto de que ya no es la ciudad recogida y amigable de antiguamente, donde se podía hacer la vida a pie.
Otra cosa que me ha preocupado, aunque ya tenía noticias de ello: el tranvía que se está instalando por todas las zonas. El tranvía me parece un atraso. Además de la tremenda inversión en la infraestructura (los raíles) que tienen que soportar con sus impuestos los ciudadanos, es una obra con nula flexibilidad. ¿Qué pasa si un día hay una manifestación en una calle, unas obras, un accidente, etc.? O si se decide cambiar un itinerario para optimizarlo. Un autobús puede solucionarlo fácilmente con sólo desviarlo por otras calles pero, ¿un tranvía?. Eso, por no hablar de la barrera arquitectónica que pueden significar las vías, aunque ese impacto lo desconozco de momento. ¿Qué justifica ese dineral "enterrado" en vías y locomotoras y vagones? Sólo se me ocurre pensar en las grandes comisiones que van a cobrar "bajo cuerda" los ediles que apoyan estos mega-proyectos: cuanto mayor es la inversión, mayor es la cantidad a cobrar. Esto no es una acusación, puesto que carezco de pruebas, pero es una hipótesis, una racionalización mental de las causas y puede estar pasando, si no en Vitoria, en otros sitios.
Algunos dirán que el tranvía es ecológico porque es eléctrico. Bueno, también existen autobuses eléctricos o movidos con pila de hidrógeno. Y la electricidad que consume el tranvía proviene de centrales térmicas de carbón, queroseno, etc. y de centrales nucleares.
Me preocupa mucho que el alcalde y concejales de Burgos también quieran poner un tranvía en esta ciudad. Simplemente copian lo que hacen otros, sin criterios propios. O quizá el único criterio es que, a mayor inversión, mayor comisión. Creo que la decisión aún no está tomada, esperemos que cunda la inteligencia.
Por fin, otra cosa que me ha impresionado mucho, antes de ir al "Boulevard" (¿no había una palabra española o vasca para nombrarlo, que han tenido que recurrir al francés?), ha sido la gran cantidad de inmigrantes, especialmente magrebíes, que circulaban por el "casco viejo". A estos sí que se les veía con muchos niños pequeños. E incluso se veían pequeños grupos de mozalbetes de esa misma etnia. Es una invasión pacífica (de momento, esperemos que siga así) y silenciosa.
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